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sábado, 30 de abril de 2011

Adiós





Le dijo adiós y sus ojos se llenaron de verdad. Dijo adiós, pero quería decir quédate. Su sentido común le obligó a tragarse aquellas palabras pues la contradicción era una constante, un sin vivir, un complejo acertijo que podía resolverse de múltiples maneras. Una historia sin principio que necesitaba un final.


Llevaban demasiado tiempo o tal vez, muy poco, dejándose arrastrar por aquel sentimiento indeterminado e inconfesable que podía dar tanto de sí aún, que agotaba.
Eran la noche y el día, el día y la noche. Iguales, distintos. Aquel sentimiento les quedaba grande.


No esperaban encontrarse y así lo hicieron, no esperaban que en el mundo existiera alguien capaz de tambalear los firmes cimientos de la vida que cada uno se había construido con tanto esfuerzo. La independencia que adoraban se desvanecía por momentos con la necesidad imperiosa que atraía sus cuerpos.


No estaban preparados, no querían estarlo. Todavía distaban mucho de aquel momento. Pero el momento había llegado. Llegaba para negarlo, para engañarlo, para ocultarlo. Y cuanto más empeño ponían, más se dilataba haciendo un enorme agujero en sus vidas. Evidenciando que aquel tren parado se pondría en marcha, con o sin ellos.


Todo parecía nuevo y sin embargo, sabían de sobra cuanto acontecía. Y prepararon sus armas para luchar contra aquello hasta dejarse la vida si era necesario. Él la quería, pero no quería quererla. Ella lo amaba, pero se negaba a amarlo.


Euforia repentina y miedo. Abandonarse a merced de otro que no fuera uno mismo en pro de un sentimiento era intolerable para cualquiera de ellos. No se querían, se amaban. Y por momentos llegaron a odiarse por negar lo mucho que los ataba.


Se engañaron durante días, semanas, meses. Se negaron a llamar aquello por su verdadero nombre y a solas, alguna vez, sucumbieron ante los encantos de la mágica palabra.
Se entregaron a aquella guerra no declarada en cuerpo y alma. Y cuanto más crecía aquel sentimiento, más se alejaban.


Ella se fue, y él dejó que se marchara.



martes, 26 de abril de 2011

Fábula: "La gallina de los huevos de oro"

Esta fábula está especialmente dedicada a Dévora, Ana y Lucía.




Érase una vez una hermosa joven que tenía un corral llenito de gallinas, en él había diversos ejemplares, cada una con su propia historia. Si bien es cierto que llegó un momento en que su corral era algo más parecido a un albergue, pues acogía en él y daba alimento a gallinitas desamparadas, asustadizas, desnutridas y en muchas casos, gravemente heridas. Una vez, éstas estaban recuperadas, las invitaba a seguir su camino. Muchas, nunca habían estado tan bien atendidas y pretendían quedarse allí para siempre, convirtiéndose en estupendas ponedoras. Así que la hermosa joven se afanaba en buscarles un nuevo hogar.


Un día paseando por el bosque los ojos de la joven se toparon de frente con los de una gallina muy singular. Se trataba de una gallina salvaje, en plena libertad. Su apariencia fuerte y robusta le llamó enormemente la atención, dados los peligros que acechan en el bosque. Pudo observar que la gallina lucía un plumaje espectacular y que gozaba de una excelente salud, por lo que no reparó en seguir su camino. Aquella gallina salvaje se valía por sí sola.

No obstante, sus encuentros con la gallina salvaje fueron en aumento, siempre que visitaba el bosque podía notar sus ojos clavados en ella e incluso hubo un momento en el que llegó a sentir verdadero miedo, pues sus ojos estaban llenos de nada.

Un día que casualmente paseando por el bosque, llevaba consigo algunas proteínas, decidió dejar caer un poco de éstas, con la sana intención de que aquella gallina salvaje se asegura un poco de alimento.

En siguientes visitas la gallina salvaje fue acortando distancias hasta cruzarse en su camino, corretear alrededor de la joven para llamar su atención e incluso, un día, guió sus pasos orgullosa hasta su hogar. 

Sin duda, era una gallina que había trabajado muy duro en medio de aquel bosque y se había hecho a sí misma. Sin embargo, la joven pudo notar cierta decepción en el rostro de la gallina salvaje, pues no aplaudió, como estaba acostumbrada, su valentía, ni siquiera la obsequió con proteínas, pues había gallinas que las necesitaban de verdad.


Deduzco que la gallina salvaje cautivada por el sabor de aquel manjar tan exquisito del que sólo pudo probar un poco, siguió los pasos de la joven hermosa hasta el corral y un día, cuando ésta se disponía a salir al bosque, la encontró frente al corral, con sus ojos vacíos clavados en ella. Se asustó mucho, pues la gallina la apabulló inquieta, ansiosa. ¡Quería proteínas, exigía proteínas! La joven la miró a sus profundos ojos y le dijo: "Las proteínas no se regalan".


Tras aquel incidente no volvió a tropezarse con la gallina en un tiempo. Hasta que un día, en medio del bosque, su habitat natural, volvieron a encontrarse. 

La gallina, en cuanto vio aparecer a la joven, se lanzó sobre ella. Ésta trató de dialogar con la salvaje gallina, y en menos de lo que canta un gallo, se dio cuenta enseguida de que aquel plumaje ocultaba unas profundas heridas, que por sus características, debían ser de alguna de las feroces bestias que dominaban la noche en aquel profundo bosque. Las heridas no eran recientes pero no habían curado bien, tal vez por falta de cuidados, por propia negligencia o porque simplemente desconocía como hacerlo. Y entonces miró a los ojos a la gallinita salvaje y la vio. Vio más allá de sus comportamientos ansiosos de proteínas. Y entonces ocurrió un milagro, puso un enorme huevo de oro. Jamás había visto nada parecido. ¡Existía la famosa gallina de los huevos de oro! 


La joven estaba asombrada y cautivada por aquel momento. Ese huevo no era un huevo cualquiera, era un huevo de oro. Lamentó haberse asustado tanto, lamentó no haberle dado más proteínas. Si había sido capaz de poner ese huevo de oro con un poco de proteínas, si le daba más, ¿qué pondría?


Pero aquel momento no volvió a repetirse, se trataba de una gallina desconfiada y pese a encantarle las proteínas y comérselas con gusto no se atrevía a ir a por ellas . La joven cada vez llevaba más y más proteínas en sus viajes al bosque, pero nunca eran suficientes. Sus fuerzas comenzaron a flaquear, no podía cargar con más proteínas y por más que trataba de que viniera a por ellas al corral, sus esfuerzos eran en vano.
Sin embargo, la gallina de los huevos de oro muchas veces la seguía hasta la puerta del corral, se quedaba por fuera esperando e incluso más de una vez, por voluntad propia llamó al timbre. Pero jamás entraba. Tenía miedo. Posiblemente en un pasado la habían engañado con proteínas para luego desplumarla y zampársela a bocados. La gallina de los huevos de oro no quería confiar.


Un día al salir del corral, la gallina asomó el pico por la puerta y observó a las restantes gallinas corretear felices, poner huevos y comer proteínas. Su reacción fue desmesurada y tras darle a la joven hermosa un enorme picotazo en la cara salió corriendo al bosque.
Esa historia se repitió varias veces, confiaba un poco y en cuanto veía lo que había tras la puerta, huía despavorida. 
La joven ya no sabía qué hacer, así que consultó cuanto le acontecía con una buena amiga que llevaba una granja entera ella solita. La buena amiga le pidió que siguiera a la gallina, y ésta, así lo hizo. Cual fue su sorpresa cuando descubrió que la aparente robustez de la gallina de los huevos de oro provenía de otros corrales. Así era, las proteínas no eran más que un extra en su cuidada alimentación. Era de extrañar que gozara de tan excelente salud habitando en el bosque.


Aún así no dejaba de ser una gallina que ponía huevos de oro, y por tanto, un ejemplar único en su especie. No dejó de suministrarle sus proteínas cuando ella lo demandaba. Hasta que un día...


"Estoy muy contenta porque mi gallina de los huevos de oro se ha convertido en una excelente ponedora. Ya no han de pasar meses ni semanas para que me obsequie con uno de sus enormes huevos. La gallina salvaje ha dejado de ser salvaje, conserva su esencia, y no es como las demás, sale a pasear fuera del corral, pero siempre vuelve. ¡Soy tan feliz!". Dijo con alegría a la dueña de la enorme granja colindante. 
"Me alegro mucho, pero no te descuides, puede que se trate solo de una racha, una gallina salvaje, no se domestica tan fácilmente" contestó acertadamente.


Aquello ni si quiera dio a la joven en qué pensar, pues creía que el cariño y las proteínas que le daba, podrían hacer de ella, una gallina mejor y que no picaría su mano nunca más. A fin de cuentas, la gallina había entrado libremente en el corral y salía de éste cuando se le antojaba. 
La gallinita de los huevos de oro le hizo saber que para entrar en el corral, ella debía ser la única gallina. Era un canon que debía pagar la joven por disfrutar de semejantes huevos y una forma de demostrarle lo especial que eran, tanto éstos, como ella misma.
Aquello causó un enorme revuelo entre las dueñas de granjas y corrales vecinos, criticaron la decisión de la joven a dedicar el corral en exclusiva a su gallina de los huevos de oro. Ellas no entendían cómo podía hacer semejante locura. Ellas no habían probado sus huevos de oro.


La joven estaba feliz, pletórica, se había acostumbrado a racionar bien los huevos para no pasar hambre, pues no ponía los suficientes, compensando con meses en los que ponía sin cesar hasta el punto de llegar a almacenarlos y poder hacer hermosas tortillas. 
Pero había algo que no acaba de entender. ¿Por qué tras una sobreproducción desaparecía sin dejar rastro? Cada cierto tiempo tenía que empapelar el bosque en su busca. Y pese a hacerlo, no lograba dar con ella hasta que por voluntad propia volvía a aparecerse en el corral como si nada hubiera pasado.
La joven nunca quiso reprocharle nada, amaba a su gallina de los huevos de oro más allá de sus comportamientos, con su instinto salvaje y con su libertad. Y aunque la había pillado en corrales ajenos se consolaba pensando que solo saciaba su infinita curiosidad y no regalaba sus huevos, pues la situación había cambiado.
Pero la gallinita de los huevos de oro empezó a rechazar las proteínas, tenía que disfrazar su sabor en las comidas y agudizar el ingenio para que la comiera. Sabía de sobra que la única proteína que estaba ingiriendo era aquella, pero también, en el fondo, era consciente de que su puesta de huevos no se centraba en su corral. El único temor de la joven hermosa era que su gallina de los huevos de oro, se enfermara ante la falta de proteínas. 


Y llegó el día d y la hora h en que escribió el siguiente e-mail a todas sus vecinas.


"¡¡¡La gallina de los huevos de oro se ha ido!!! Anoche, desconozco los motivos, pues ya saben que ella es muy suya, me largó tremendo picotazo en toda la cara cuando trataba de darle su alimento junto con las proteínas, como siempre, bien desleídas junto con la comida para que no se diera cuenta. 
Cansada ya de los picotazos y ante la falta de huevos, decidí indagar un poco y pedí ayuda a una amiga resabiada en estos bípedos, quien gustosa se prestó. Entre las dos decidimos hacer un delicioso caldo mientras charlábamos. Yo sabía que el olor del caldo le daría en qué pensar a mi gallinita de los supuestos huevos de oro, pues a desconfiada no le gana nadie, y a buen seguro pensaría que ese caldo no era más que una piscina en la que herviría de cabeza. ¡Cómo le gustaba suponer a mi gallina! Pese a ello, no abandoné la idea de deleitar a mi amiga con el sabroso caldo. Si mi gallinita hubiera confiado más en mí o hubiese abierto el pico, nada de esto habría sucedido. 
Tras varias horas de charla mi amiga se despidió de mí hasta mañana. Intuí, por experiencia, que como no había querido comer, posiblemente saliese en busca de comida, así que acompañé a mi buena amiga hasta su granja y esparcí alimento y proteína por el camino. 
¡Y no me equivoqué! Vi como se marchaba de la granja con sumo cuidado para que no me diera cuenta, como si al hacerlo fuera a impedirle su marcha. Lo hizo sin mirar atrás y muy bien puesta e incluso desde la ventana, pude ver como comía parte de las proteínas y el alimento pensando que no provenían del corral que acababa de abandonar sin pena alguna, como si de un sabor nuevo se tratara. La vigilé durante largo rato, observé que se comportaba de modo distinto, quizás incluso podría decir que era una gallina más feliz y cuando me quise dar cuenta, la había perdido de vista. No obstante, un cacareo lejano llegó a mis oídos. La malpensada me dejó en vilo y muy apenada cuando la divisé magullada y herida por un cepo e incluso me sentí culpable, PERO a eso de las tres de la madrugada pillé a la gallina regalando huevos auténticos y digo auténticos porque sus huevos de oro no lo eran realmente lo que la muy desalmada los maquillaba... Ahora entiendo el sabor amargo que dejaban...
Así que la gallina de los huevos de oro resultó ser la gallina de los huevos maquillados de oro que sabía poner huevos auténticos pero no quería. 


Como el corral estaba dedicado en exclusiva a ésta, para que campara y correteara a sus anchas, lo he cerrado. Y justo cuando echaba el cierre, muy apenada, la vecina de la granja cercana me llamó para decirme que la había visto, pensaba que se había escapado, pero sólo escapa quien se cree prisionero. 
Me dijo: "Pobre tu gallinita de los huevos de oro, lleva horas sentadita, solitaria e inquieta, esperando a que vengas a buscarla. Creo que ya tiene hambre y frío" 
Sabiamente le contesté: "No querida vecina, no espera por mí, ella abandonó la granja de forma voluntaria, rechazó el alimento, las proteínas, el cariño y todo un corral para ella solita. Y como nunca cerré la puerta de la granja para que ella pudiera entrar y salir, no huyó, simplemente hizo uso de su libertad. Ella ya sabía que lo que le esperaba ahí fuera era incierto pero decidió volver a ser una gallina salvaje por miedo a que un día pudiera hacer con ella un caldo. Prefirió herirse con cepos, acabar desplumada otra vez, pasar hambre y fatiga hasta quedarse en los huesos y perder la cresta, antes que confiar".


Por todo ello queridas vecinas, he cerrado el corral y he decidido dedicarme a mi verdadera vocación: plantar calabazas.
De momento me va muy bien pues la tierra es fértil y tengo buena mano. He cosechado unas calabazas jugosas y enormes, tantas, que ando repartiéndolas por doquier. Así que si queréis hacer un buen pastel de calabaza, una deliciosa crema, o lo que se tercie, no dudéis en contactar conmigo".

lunes, 11 de abril de 2011

"Desde mis sueños"

Voy a dejar un pequeño fragmento de uno de mis relatos. Y como no sabía qué rescatar, haré el "copia y pega" pertinente de lo que he podido adelantar de éste en el día de hoy. No vale plagiar, conforme escribo, registro, así que esto ya es propiedad intelectual de su autora: yo.



"Su rostro reflejaba una vida plena, las arrugas que adornaban sus profundos ojos castaños llenos de brillo se hacían más evidentes cuando las acompañaba su sonora risa surcando sus mejillas. Sus cabellos teñidos de gris plata rozaban su frente sin pudor alguno y su expresión serena le otorgaban un aire de cercanía. Tenía ante sí, nada más y nada menos, a la mujer que cambiaría su vida.

Gabriel se detuvo frente al dueto de mujeres que conversaba tan alegremente, perplejo, ensimismado por el placer que suponía haber dado al fin con ella, cortejado por el éxito.


Amelia aún desconocía por qué aquel joven de cabello alborotado y aspecto desaliñado había clavado de forma tan descarada su mirada perdida en ella. Pero no tardó en descubrirlo.

Aguardó ansioso a que ambas mujeres se despidieran y en cuanto lo hicieron, en una ataque de valentía, se dirigió hasta ella sin titubear. Había estado buscándola demasiado tiempo, había tenido que recorrer un arduo camino para poder mirarla a los ojos, para poder arrojar algo de luz a las preguntas que lo acompañaban en su viaje. Era ella, Amelia, la famosa Amelia.


Con su habitual seguridad extendió su mano derecha hacia ésta con el fin de presentarse formalmente y sin reparar en los puños desgastados de su camisa que se columpiaban sin mesura ante la falta de un botón. Apenas pudo pronunciar la primera sílaba de su nombre, Amelia lo interrumpió con un tono en su voz similar a un susurro. -Sé quién eres y por qué has venido hasta aquí-

El semblante de Gabriel se congeló, y sólo pudo esbozar un leve intento de sonrisa propio de la emoción que le provocaba Amelia. Tardó en reaccionar, sus pupilas delataban su impaciencia. Amelia lo tomó del brazo y apresurando el paso lo empujó hasta la cantina más próxima. Allí se desarrollaría la segunda conversación entre ambos que tanto había anhelado nuestro intrépido Gabriel.

Él se dejó arrastrar hasta aquel agujero al que jamás se le hubiera ocurrido entrar ni en un descuido y que nunca habría asociado con Amelia. Era oscuro, ni siquiera podía penetrar en él un ápice de luz gracias a las cortinas opacas que vestían los grandes ventanales que daban a la calle. Era un lugar sumamente lúgubre, impropio de las encantadoras calles adoquinadas iluminadas por el enorme sol que lucía el día.

Amelia aceleró el paso entre las mesas vacías de aquel cementerio en vida y abrió una puerta apenas perceptible entre tanta oscuridad. ¡Y se hizo la luz! Tras esa tétrica estampa no podía imaginar que se albergara semejante jardín. La inesperada sorpresa le reconfortó y se sintió aliviado al observar que Amelia torcía el gesto indicándole que se sentara junto a ella en uno de los bancos de piedra grisácea que rodeaban la fuente central. Su paseo había concluido, era hora de hablar.


Amelia se deshizo en un profundo suspiro y dirigió su vista hacia los flamantes ojos de Gabriel, un Gabriel ávido de leer en ellos las respuestas que tanto deseaba."


Y hasta aquí pueden leer...

jueves, 7 de abril de 2011

Tiempo





Ese extraño aliado cuando te invade la pereza y ese cruel enemigo cuando los quehaceres se agolpan.

Se eterniza cuando quiere, se esfuma cuando le da la gana. Es caprichoso, efímero y difícilmente medible pese a contar con su propia unidad de medida.

No se detiene ante nada y ante nadie, pero a veces, parece quedarse quieto frente a un momento mágico en el que la belleza del mismo lo deja sin aliento para seguir su impetuoso camino.


Abro los ojos por la mañana porque mi despertador dice que ya es hora de hacerlo, y al apagarlo, me da la previsión metereológica,; más tiempo. Mientras me visto mido el tiempo: mido si puedo meter un extra en el bolso, más kleenex, otro libro... El tiempo me dice si tendré que hacer un pequeño spring al salir de casa o si podré pasear tranquilamente. Si llegaré "con tiempo" y podré organizar con calma todo lo que debo antes de entrar a la reunión, o si por el contrario, tendré el tiempo justo. No contento, vuelve a manifestarse dictador cuando tu cita se anuncia puntual y se torna caprichoso cuando te concentras en exceso, avisándote de que no hay tiempo para eso. Te atropella cuando te entretienes y te echa un pequeño sermón paternalista por abusar de él.
Esclava del tiempo. Por obligación, sí, por placer; jamás.


A veces deseo que las manecillas del reloj se queden paradas cuando trato de retener un instante en mi recuerdo, cuando quiero custodiar una escena cual imagen estática. Cuando un sólo segundo, de forma aislada, es perfecto. Otras, deseo que corra velozmente, que se agote, que expire el plazo, que se esfume imperceptible y se desvanezca. 

Pasa a mi lado, sonríe irónico cuando me agobio y me grita cuando ni si quiera lo miro. Si lo persigues; te huye, si tratas de escapar; te atrapa.
Impone horarios, establece rutinas, subraya días con recuerdos de antaño.
Se adelanta y se atrasa una vez al año por placer humano, pero reina salvaje, incontrolable.
Es sabio y poderoso. Toma lo que es suyo, deja ir a quien debe cuando debe, serena, reconforta y tranquiliza. Y al mismo tiempo, impacienta, enreda, angustia y desarma.
Imprevisible, abstracto, volátil. No hay nada en el mundo conocido que no experimente los cambios que el tiempo trae consigo.


Es dueño de los segundos, de los minutos, de las horas, de los días, de las semanas, de los meses, de los años, de toda una vida.


Nunca deja de fluir y todo lo que existe está sometido a su efecto. 


¿Qué es? Si alguien me lo pregunta, lo sé. Pero si deseo explicarlo, no puedo.
Newton dijo que el tiempo existía independientemente de la mente humana y los objetos materiales, que fluía por sí mismo. El filósofo Kant, al contrario, propuso que el tiempo era una invención humana que se proyectaba sobre el universo. 


Real y palpable en pasado, imperceptible en presente y misterioso en futuro. 

Instantes que se conjugan en formas compuestas y simples, que se aprecian desde múltiples perspectivas según pasa el tiempo. Que se sienten con distinta intensidad dependiendo de la conjugación de su verbo y por tanto, del tiempo.

Y ya; ¡no tengo más tiempo!