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Eres lo que escribes, eres como escribes. Y lo que copias, es lo que te gustaría ser.

martes, 31 de mayo de 2011

Sillas vacías



Una silla vacía que grita una ausencia. Alguien que liberó un sentimiento, que arrancó otro, que perdió muchos, que encontró algunos nuevos, que se rindió ante algo, que luchó por alguien, que arrastró a personas, que enjugó una lágrima.


Risas, sonrisas, alegrías, reencuentros y una silla vacía; tu silla vacía. A mi vera tu ausencia, y en compañía, la triste presencia de los recuerdos. 


El deseo de compartir ese momento como tantos otros en un pasado. Las ganas y las ansias de relatarlo detalle a detalle haciéndote partícipe de todo. Un todo que ya es nada y una nada que lo envuelve todo.


Te lloro, lloro tu silla vacía, lloro el son y serán, el final. 


Aún lloro, seguiré llorando y a veces creo que no lloré lo suficiente. Tal vez nunca sea suficiente, probablemente, jamás algo tan bonito vuelva a darse. Puede que los días pasen, pasen las semanas, los meses, pero no pasan los instantes a tu lado, las palabritas mágicas que se grabaron para siempre. Que no se esfume la brisa que acariciaba el instante en que gritamos al mundo la firme promesa de ser libres.


Fuiste, eres y serás. Estuviste ocupando una silla mucho tiempo, una silla que se evidenció vacía por primera vez ante mis ojos. Será siempre una silla vacía en esos momentos, pero hay otros en los que me reconforta saber que aunque tu silla esté vacía y tu nombre se agite con la sonora pregunta, eres y serás alguien a quien he querido en mi vida.



martes, 17 de mayo de 2011

El tren de la vida





La vida es como un viaje en tren en el que nos acompañan muchísimas personas, algunas de éstas se sientan a nuestro lado y compartimos con ellas la mayor parte del trayecto, se convierten en importantes, esenciales, fundamentales, nos enamoramos de ellas, las queremos, las adoramos, otras, pasan desapercibidas y ni siquiera nos percatamos de que han dejado libre sus asientos, pasan sin pena y sin gloria. Algunos suben para quedarse, otros suben y se apean o somos nosotros mismos quienes los ignoramos fijando nuestra mirada en la ventanilla y perdiéndonos en el paisaje que nos regala. 


Algunas personas nos cambian, otras nos regalan la maravillosa experiencia de conocerlas, otras llegan para evidenciar carencias, para reafirmarnos, para desconcertarnos. 

En ese mágico trayecto, todo tiene un significado, un porqué, aunque muchas veces no nos paremos a pensar en ello. Aunque muchas veces, no queramos verlo. Algunos al viajar dejan recuerdos eternos, te marcan, cambian tu rumbo, te motivan a ir hasta la estación central y tomar un nuevo tren. 


La vida es como un viaje en tren, un viaje de constantes embarques y desembarques, con algún accidente, con sorpresas agradables, despedidas e innumerables posibilidades. No importa, el viaje se hace de este modo; lleno de desafíos, sueños, fantasías, esperas y despedidas… pero jamás regresos.

Y como la vida misma, muchas personas se sientan en su vagón cómodamente y se limitan a esperar a que todo llegue a él, sin plantearse qué o quiénes ocupan otros vagones, sin moverse, sin entender que en la vida, hay momentos y vagones para todo. Nadie impide que durante el viaje recorramos con mayor o menor dificultad otros vagones y lleguemos hasta quienes queremos, sin implicar por ello que tengamos reservado un asiento a su lado.


Es un viaje realmente fascinante, en el que hay que celebrar lo que en él acontece y saber despedirnos de aquello o de quienes no gustan de disfrutarlo con nosotros.

A los que son y siento parte de mi tren… ¡FELIZ VIAJE!




sábado, 14 de mayo de 2011

Con los tacones en la mano

Este post va dedicado especialmente a Lucía.




A veces en la vida hay que quitarse los tacones para poder caminar, para que la fina aguja que los alza no se ancle entre los adoquines de algunas calles y podamos llegar sin problemas a donde queremos. 
Sí, es cierto, a veces hay que llevar los tacones en la mano. 
Quitarse los tacones implica desprenderse de algo que nos impide ir al ritmo que deseamos. Que no nos permite correr o marcar el paso como quisiéramos. Supone liberarse, aceptar que no se puede andar con ellos y tomar la sabia decisión de ser menos alta por un momento y ensuciarse los pies caminando descalza.
Muchas veces es necesario hacerlo y sentir el tacto del suelo, unas veces agradable y otras no tanto.

A veces nos equivocamos de tacones y elegimos unos poco adecuados para andar un largo camino, y ante un decisión poco acertada, hay que hacer acopio de valentía y asumir que no podemos andar más con ellos y llevarlos en la mano.

Incluso los tacones más cómodos y bonitos pueden convertirse en unos tacones insoportables para unos pies cansados de tanto andar o pueden desgastarse tanto por el paso del tiempo que haya que tirarlos en el contenedor más próximo y andar descalza hasta la próxima zapatería. 

Puede que perdamos una tapa y tengamos que cojear un poco hasta repararlos o que sean tan incómodos que nos provoquen alguna herida. Pero las heridas curan y algunas, ayudan a que los pies se adapten y los próximos tacones hagan menos daño. ¡Es lo que tiene andar con tacones! 

Llevarlos en la mano puede hacernos sentir vulnerables, inapropiadas y fuera de lugar. Puede provocar que nos miren raro, tener la sensación de que nos señalan con el dedo cuando no es cierto y en algún momento, hasta puede que sintamos la equívoca necesidad de volvérnoslos a poner.
Pero como todo, puede ser o convertirse en una situación maravillosa de la que saber disfrutar. No todas las personas son capaces de caminar con los tacones en la mano. No todas las personas saben hacer de esa experiencia algo enriquecedor. No todo el mundo está dispuesto a ensuciarse los pies. No todo el mundo lo hace en plena calle. No todo el mundo sabe cuándo y cómo quitarse los tacones.
Hay que quitarse los tacones cuando la situación así lo requiere pero eso no significa que aunque estemos en medio de una playa, no estemos atentos al suelo y dejemos de mirar por donde pisamos. Pues si nuestros pies son demasiado valiosos como para aguantar unos tacones insufribles, también lo son para que olvidemos que vamos descalzos y desprotegidos.

¡Con su riesgo y sus implicaciones andar con los tacones en la mano es necesario y no hay nada como sentir el suelo por donde pisas!