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miércoles, 27 de julio de 2011

La chica del vestido de flores



Aquella joven llamó su atención, su vestido de flores blanco y negro hizo que volviera su vista hacia donde estaba y se detuviera en ella.
Tenía un aire de familiaridad, aquella percha le recordó a alguien, o quizás una escena ya vivida. Pero tenía la absurda sensación de conocerla. Agitó la cabeza, como si al hacerlo,  aquel pensamiento fuera a esfumarse. Tal vez, aquella joven viajaba en el tren todas las mañanas y por eso le resultaba conocida, y simplemente su vestido de flores, había hecho que acaparara su atención, por vez primera, de forma consciente.
Ambos se apearon en la siguiente parada. Y atónito observó como pasaba a su lado y le dedicaba una hermosa sonrisa. Se paró en seco mientras los pasajeros que entraban y salían hacían que se tambaleara sobre sí mismo. Y la observó caminar, ya lejos. Se pintó una triste acuarela en sus ojos, se esfumaba aquella bonita estampa de la chica del vestido de flores. Aquella silueta perfectamente definida, sus hombros al descubierto acariciados por la finas hebras de sus cabellos recogidos sin tino, y unos ojos jamás vistos tras sus gafas de sol.
Ella se levantó de un salto de la cama, con el tiempo justo para darse una ducha y enfundarse el mismo vestido que llevaba la noche anterior. Dio un pequeño sorbo al café que le esperaba en la mesa, se despidió con un gesto y cerró la puerta. Su reflejo en el espejo del ascensor hizo que buscara torpemente en su bolso sus oscuras gafas de pasta negra. Recogió su espesa melena sin mucha suerte y se subió al primer tren que salía con destino al centro.

Él, cada mañana, buscaba entre los pasajeros a la misteriosa joven del vestido de flores. Ella, jamás volvió a ponerse aquel vestido. Y, durante años, ella tomó el tren de las ocho y él el de las ocho y cuarto.

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