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martes, 27 de septiembre de 2011

Un libro...






Había llegado el momento de liberar los estantes repletos de la librería que ocupaba gran parte del salón. Uno a uno, aquellos libros, fueron abandonando su sitio y despidiéndose de aquella casa, para  permanecer, por un tiempo, encerrando todas sus historias, moralejas, experiencias, sueños y vivencias, en una caja de cartón.  
El bailar de sus ojos entre los títulos hizo que se detuviera al tropezar con aquel viejo ejemplar que había dejado de tener presente. Sus manos se volvieron inquietas y tuvieron que secuestrarlo de forma inmediata de la librería. Allí estaban nuevamente, los dos; a solas. 
Se quedó inmóvil frente a él y acarició la cubierta con la yema de los dedos, leyó el título en voz alta y asomó a sus labios una profunda sonrisa. Suspiró. Los recuerdos se manifestaron estrepitosamente agitando su mente, eran tantos, que sabía de sobra que desfilarían uno a uno sin pausa en cuanto abriera aquellas tapas duras que lo encuadernaban. Bordeó con sus dedos las páginas amarillentas que se agolpaban en orden, su corazón enmudeció por un instante para recobrar la calma. 
Había pasado tanto tiempo... ¿Cuánto? Ni si quiera ella misma era capaz de contarlo. 
Inspiró y abrió su caja de Pandora. El aroma del papel, un perfume ya conocido para ella y que magicamente la transportó sin titubeos a otra dimensión, hizo que sintiera de un familiar placer henchirse el alma. Cerró los ojos, y al abrirlos, topó de frente con una dedicatoria en tinta negra como el carbón. 
Se dispuso a leerla una vez más como si fuera nueva para ella. ¿Cuántas veces la había leído? Aún era capaz de recitarla de memoria como si todas y cada una de aquellas palabras provinieran de su pluma. Lo cierto es que esas frases cariñosamente hiladas, eran suyas, pues a ella, iban dedicadas. Y volvió a adornar una sonrisa su semblante. Todavía, después de tantos años, seguía siendo un regalo para ella. Todavía, después de tantos años, era capaz de provocarle una profunda sonrisa en su ausencia.


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