Con un jilorio tremendo por el
pelete que hacía, enchumbado hasta el cogote y con el pelo rebujado, me metí en
un guachinche a jalar, de esos donde te sirven entullo, te enyugas, te pegas un
buche de vino para que baje la beterrada, el bubango y las papitas guisadas con
el cherne. Y si el mojo te pica en las bembas, nada mejor que una pelota de
gofio de millo o un fisco de bizcochón para acabar abollado, tanto que, a
veces, te arrojas.
Al llegar me encontré con una
chocha que no veía desde hace fleje de tiempo y me tenía con la mosca detrás de
la oreja. A punto estuve de virarme y plantarle el machango cuando me soltó que
todo este tiempo se lo había pasado haciendo rosquetes, pachangas, truchas y
frangollos para sacarse perras para la guagua y sus cosas. Le metí un pellizcón
y le dije que sabía que era una novelera y que no me viniera con pufos que yo
no era ningún totufo como el singuango del hermano. Como era de esperar, lo
porfió todo.
Alegamos sin parar mientras
nos jincamos una cuartita, un plato de cotufas y algo de pan bizcochado y queso.
Me largó que se había trabado con un godo, después de haber acabado con el
grifiento de su ex, que en el fondo era un guanajo. Me enseñó una foto que
tenía de él en el móvil, me dio un jeito al virar el cuello para golifiarla y
me quedé más jeringado al verle la jocica, pues era un guirre. La chicharrera
empezó con relajos y yo me estaba arregostando cuando me di cuenta que si el
penco de mi novia me trancaba allí escarranchado, me iba a meter una azotaina, así
que me até las ligas de los tenis y me dejé de tanta machangada, tenía que salir
por patas porque ya estaba medio petudo y tenía un papeo a la noche. Nos las ajeitamos
para ir en la moto, aunque estaba chispeando, y la choni, como le pasó un
folelé al lado, se metió un partigazo contra el piche. La acompañé hasta el
chaplón y me fui enseguida porque había un guanchisley tocándome la pita.
Con tanto pastel se me fue el
baifo y llegué tarde a recoger a la piba que me recibió en cholas, con un
vestido canelo arrequintado que le marcaba las bañas, y con un par de zapatos
que le quedaban chicos en la mano. Le pedí que no fuera arrastrada y que se
dejara las cholas que hacía calufo, pero ella insistía en parecer un arretranco
y antes que alcanzar una cuerada no le insistí más, eran sus ñames y si luego
le fastidiaban los ñoños era cosa suya. Como siempre salió el cachanchán de su
padre a saludarme con una cachetada que me dejó esmochado.
Llegamos y aquello estaba
lleno de velillos, me dieron ganas de tirarle un berolo a más de uno y dejarlo
cambado, pero el boncho valía la pena y estaba botado que lo pasaríamos bien
con la parranda. La chafalmeja de mi exnovia estaba allí, así que a la piba le
dio un yeyo, me metió un boquinazo toda coneja desde que la vio para marcar el
terrero como si yo fuera un pajuato que no me estaba dando cuenta de sus
bisnes. Así que desde que pude me piré, le busqué el despiste como en los
cochitos locos y me fui a dar una vuelta. El sitio estaba guapo y adornado
con un montón de cachivaches. Conocí a un cambuyonero y a su cáncamo y me eché
las risas hasta que empezaron a pasar el escobillón para echarnos de allí.
La piba me esperaba fuera
medio jareada porque se lo estaba pasando fule y quería arrancar la penca. Me
recordó la chuletada que teníamos el domingo y que no me olvidara de los
creyones y los boliches para que los chiquillos se entretuvieran y no dieran la
lata. Se puso a alegarme para que estuviera allí como una puncha y no fuera
gandul.
Llegué al chozo en un periquete,
empenado como una puerta y engurruñado, pasé el fechillo y me tiré en la cama a
leer un colorín para olvidarme de todo el tinglado hasta que me dejase dormir.

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